Esperanza [ historia de terror corta por AnitaCurry101]

Esperanza.

La señorita Beatrice, estudiante recién graduada de la universidad, descendió hacia un pequeño cobertizo que se encontraba en el sótano de la casa que le había servido como dormitorio, en sus manos llevaba una escudilla de metal y debajo de ella, un contenedor de plástico de casi el mismo tamaño.

De aquel cobertizo salían olores repugnantes.

Dentro, solo se encontraba un pequeño potro recostado de no más de veinte centímetros de altura, de un esponjoso pelaje que en algún punto había sido color azul celeste, una crin rosada en peores condiciones que el pelaje, pues en su cabeza solo había mechones disparejos y su cola estaba completamente rasurada, tenía puesto un bozal y este estaba sujetado a la pared del cobertizo por una pesada cadena.

Durante seis meses, Beatrice, le había atormentado con el fin de cambiar su conducta; que abandonase todas las cosas malas que hacía y se comportara, pero, el potro era terco.

Había ciertas conductas que no eran toleradas por los dueños de estas criaturas.

Luego de haber entrado, Beatrice encendió la pequeña lámpara que servía como única fuente de luz, colocó aquello que llevaba consigo en el suelo y dijo mirando al potro quien le veía horrorizado.

-Mi pequeño pony, hoy por fin se termina. He tenido que traerte una y otra vez a esta cajita de perdón y darte dolorcitos durante seis meses y solo ha sido con los fines de hacerte cambiar, pero ya he llegado a mi límite. No has querido ser bueno y eres muy obstinado. Ya no voy a intentar disciplinarte. Me rindo.

Esta noche, descansarás, nadie va a darte dolorcitos.

Por la mañana, voy a causarte los últimos peores dolorcitos hasta que tengas sueñitos eternos. -

Despacio lo abrazó, con lágrimas en los ojos y en voz baja le pidió perdón por ser una mala mumma.

Entre sollozos, alcanzó ambos recipientes, puso la escudilla frente al potro y en ella sirvió una generosa porción de spaghettis que llevaba en el otro recipiente.

Los ojos de la criatura se fijaron hipnóticamente en la pasta y la saliva le rebosaba de su hocico ignorándolo todo a su alrededor; una vez retirado el bozal con cadena, fue directo a devorar la pasta, después de todo, la merecía.

Una vez que hubo lamido hasta la última gota de salsa de la escudilla, por fin volvió a notar que la luz se había apagado y su stupi mumma se había ido, más algo inusual en la puerta del cobertizo se podía vislumbrar. Aquella negrura que la mayor parte del tiempo le daba terribles pesadillas ahora dejaba ver un pequeño destello luminoso.

-Mumma no cedo la puedtita tunta, puedtita abiedta- se dijo.

Entonces, se levantó como pudo, pues aún seguía débil por todas las torturas y apenas comenzaba a sentir la energía que le había proporcionado esa cena.

Su stupi mumma había cerrado mal, de modo que la puerta quedó cerrada en falso.

Con un leve empujoncito, logró salir.

Caminó derecho, y comenzó a subir las escaleras, donde cada tanto, las tinieblas del sótano eran alumbradas por un tenue destello luminoso.

Estaba terminando la tarde, muriendo el día.

Lleno de esperanzas, por que era eso lo único que le quedaba, la esperanza, comenzó a caminar, casi arrastrarse tratando de subir esas escaleras.

De pronto escuchó algo espantoso… unas pisadas acercándose.

Eran las pisadas de su mumma quien seguramente si le veía ahí, le haría muchos dolorcitos con el palito del perdón como la vez que hizo malas popos en la cosita que ella siempre usaba para trabajar… o aquella vez que se comió los nummies de su mumma y le dio peores popos en su plato por que no sabían a skettis y con eso terminó con varios peores dolorcitos en sus patitas… o peor aún… como la vez que cortó sus bolitas especiales por pisotear a los bebes de la tunta yewa vecina solo por obligarla a ella y a su mejor bebé a tener abracitos escpeciales.

Se escondió al lado de una pared esperando que la luz no lo iluminase, hasta que las pisadas se alejaron.

Tardó más o menos una hora en recuperarse, temblaba como una hoja y no notó cuando defecó y se orinó en si mismo. Luego retomó su camino hacia la salvación.

Entre más subía, más largo se le hacía, como si se fuese agrandando la escalera a medida que continuaba.

Por fin llegó hasta arriba y volvió a empujar despacio con su pata la puerta de donde se veía la luz. Esta se abrió sin problemas y él decidió salir.

Conocía muy bien dónde se encontraba. Había llegado a la puerta de lo que su mumma llamaba “la gran cajita de perdón”. Era un horrible recordatorio que veía cada vez que entraba por la pequeña puertecita de monstruo miau miau después de jugar en el jardín.

Pero no más. Infló los cachetes y lanzó la patadita de perdón mas peor para la puerta de la gran cajita de perdón y después dejo salir las peores popos. Eso le enseñaría la tunta caja y la stupi mumma que los odiaba y que se largaba.

Tanteo la pequeña puertita pues algunas veces su mumma la atrancaba para que no pudiese tener saliditas, pero para su dicha, la abrió y se encontró con el jardín.

A lo lejos estaba el parque, si llegaba ahí estaba salvado y podía comenzar una nueva búsqueda de un nuevo tunto humano a quien obligaría a que le cumpliese todas sus exigencias.

Se sentó y abrió los brazos para darse un enorme abracito a si mismo y saborear la salvación.

Y cosa curiosa.

Sintió calorcito, un calorcito de un abracito.

No sintió ningún miedo. ¿Cómo le tendría miedo a un abracito para si mismo?

Hasta que se dio cuenta que el abracito, venía de las manos de su stupi mumma quien lo levantó suavemente y que con lágrimas en los ojos y un tono conmovedor le dijo.

-Mi pequeño pony, querías abandonarme, justo ahora, tan cerca del sueñito eterno.-

El potro se quedó inmóvil, sollozando con un nuevo peor dolorcito: el dolor de perder la esperanza.

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